Joyas

La talla de los diamantes, evolución histórica

Las diferencias entre un diamante en bruto, recién descubierto, con el diamante que vemos en el escaparate de la joyería son más que importantes. El proceso de tallado es lo que permite resaltar las características fundamentales de esta piedra. Es recién después de todos esos procedimientos que se puede apreciar la increíble belleza de estas costas piedras.

Si bien los diamantes se usan desde la antigüedad, recién en el siglo XIII se empezó a pulir y tallar estas piedras. Hasta ese momento se las utilizaba en bruto, al natural con su forma octaédrica. Los procedimientos rudimentarios iniciales fueron evolucionando hasta que dos siglos después, se consiguió incrementar el número de facetas de la piedra, lo que le permite aumentar todos los efectos ópticos que la hacen única.

En 1650 el cardenal Mazarino sugiere una forma de tallado, que lleva su nombre por ese motivo, que permite que el diamante se talle logrando 34 caras. En el siglo XVII Peruzzi desarrolla una técnica mucho más similar a la actual, por la cual se obtienen 58 caras o facetas.

En 1919 se revoluciona la técnica de trabajo de estas piedras con la aparición del tallado en brillante. Se obtiene una corona circular, con un mínimo de 32 facetas y tabla en el sector superior, y 24 facetas en el sector inferior. Este tipo de talla tiene numerosas variantes.

Algunas de esas variantes son: talla magna (102 facetas) y la talla Princess-144 (146 facetas). Es importante recordar que en el proceso de tallado, desde la piedra en bruto, se pierde buena cantidad del tamaño de la misma, pero es donde se adquiere el aspecto ideal.